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CAPITULO VI DE NUESTRO LIBRO RETRATO DE ESTUDIANTES
Adolescentes: Adicciones y Dependencias.

Dra. María Teresa Greig.

Qué se entiende por dependencia a una sustancia?
Una de las primeras preguntas que nos debemos de hacer es si debemos utilizar el término adicción. Los términos adicción y adicto a menudo conllevan una connotación peyorativa. También son trivializados y usados para referirse a actividades comunes como el ejercicio físico o el resolver crucigramas. Sin embargo retendremos este término ya que hace pensar en un control disminuido de sí mismo y también en que la conducta del que padece de la adicción depende de que pueda tener disponible la sustancia para tomarla, aspirarla o inyectársela.
Tal vez el concepto de dependencia es el más difícil de comprender para aquellos que primero se topan con un familiar con un cuadro de adicción. ¿Qué es la dependencia a una sustancia? Esta fue definida por la Organización Mundial de la Salud en 1980 como un conjunto síntomas que se manifiestan por un patrón de conducta en que el consumo de una droga psicoactiva tiene mayor prioridad para el individuo que otras conductas que antes consideraba importantes. La intensidad del cuadro puede medirse a través de las conductas relacionadas al consumo de la droga o de otras conductas secundarias al uso de esta.
No hay un límite neto y fijo entre lo que se puede considerar uso o dependencia de una sustancia. Lo que nos va a marcar el límite entre una situación de uso y una de abuso es el cambio en la vida de la persona, como comienza a perder interés en aquello que antes ocupaba su tiempo, como actividades deportivas, estudios, reuniones sociales, actividades familiares son dejadas de lado pasando todo esto a un plano secundario que no interesa ni entusiasma mientras que lo que más ocupa y preocupa es la droga. En el período de la adolescencia es más difícil para un padre y para un médico decidir si el niño/adolescente se esté apartando de sus conductas habituales se debe a que está transitando los caminos normales o si algo más esta sucediendo.
Muchos jóvenes son extremistas en sus preferencias y resulta complicado negociar con ellos cambios en sus actitudes o en sus conductas. Sin embargo, si el problema se vincula con el consumo, con la dependencia a una droga, en cuanto se intenta modificar algo que lleve a que no pueda consumir, inmediatamente se hace evidente que no queda mucho margen para el diálogo o para el cambio de actitud o conducta.
Este es tal vez el rasgo esencial de la dependencia: el individuo continúa utilizando la sustancia a pesar de los problemas que ésta le acarrea. Es decir, no encuentra la forma de detener el consumo por sí solo porque aparecen dos fenómenos que definen el hecho de que sea dependiente: 1) la aparición de tolerancia ante la droga, que puede implicar que se precisen cantidades mayores de la droga para lograr los mismas sensaciones que en un principio producían cantidades menores y/o 2) la aparición de síntomas ante la falta de uso de la droga, que son diferentes para cada droga, pero que llevan a que se vuelva a consumir la sustancia para aliviar o evitar la aparición de estos síntomas.
Uno de los puntos más difíciles de comprender para cualquiera, es que el que consume la sustancia llega a sentir que el consumo es “inevitable”, lo vivencia casi como una necesidad. Por esta razón suele consumir mayores cantidades, con mayor frecuencia y por períodos de tiempo mayores a los que tenía la intención de hacerlo. Aunque hay un deseo persistente de cortar el consumo o controlarlo, los esfuerzos encaminados en este sentido suelen ser poco exitosos.
La tolerancia lleva a que se consuma cada vez más y esto trae como consecuencia que se dedique mucho tiempo a obtener la sustancia, en el consumo de la sustancia o en recuperarse de sus efectos. Dado que el consumo de la droga es ilegal y no es tolerado socialmente, el adolescente se aísla del medio familiar, de las actividades sociales, laborales o recreacionales y de los sitios de reunión habituales para tener libertad de consumir y a que se relacione con nuevos grupos en los que el consumo sea tolerado. Busca estos grupos ya que de esta forma no precisa esconder los momentos en los que está bajo los efectos de la droga y además porque los miembros de éste comprenden los síntomas que aparecen ante la abstinencia, así como la perentoriedad con que se consume nuevamente.
Otro punto a señalar es que continúa con el consumo de la sustancia a pesar de saber que los problemas físicos y psicológicos que sufre son exacerbados o causados por la sustancia y su consumo.
Veamos un ejemplo:
Una estudiante en el segundo año de universidad a los 19 años consulta ya que tiene dificultades para concentrarse en clase, poca claridad en sus pensamientos y le ha ido mal en dos exámenes finales. A medida que se explaya manifiesta que le preocupa un poco que últimamente está bebiendo más seguido. Se la interroga más y relata que comenzó a beber a los 15 años los fines de semana cuando salía con su “barra” a tomar cerveza. Al comienzo tomaban poco pero luego comenzaron a competir para ver quien “aguantaba” más y recuerda que entre 5 amigos tomaban 8 litros de cerveza. Luego a los 17 años comenzó a tomar vino en la mesa durante la semana porque sino se sentía temblorosa, nerviosa y que le faltaba “algo” (abstinencia). Al principio tomaba sólo una copa, luego más, hasta que sus padres le pidieron que disminuyera, pero a pesar que lo hizo durante la semana, cuando salía a bailar tomaba tequila porque “era lo más barato” en la barra (y además de muy alta graduación alcohólica). Al día siguiente se sentía muy mal pero no podía evitar volver a tomar cada vez que salía. Siempre se ponía el límite de dos tragos y llevaba poco dinero pero luego lograba que alguien le invitara otros tragos o pedía dinero prestado a los amigos. En más de una ocasión intentó cambiar de amigos o dejar de tomar pero le resultaba imposible lograrlo. Luego empezó a ir desde los jueves a bailar con la excusa ante los padres de que estaba de “onda”; ir ese día. Cuando los padres intentaban hablar con ella porque había bajado las notas no hablaba de lo que estaba pasando con ellos y planteaba que ellos no entendían como era ser joven en estos tiempos. Al entrar en la facultad el grupo se disolvió pero ella siguió consumiendo alcohol (cerveza y tequila) y si no iba a salir lo compraba a solas y lo escondía. Notaba que cada vez le interesaba menos salir, sus estudios y estar con la familia o sus amigos.
Queda claro en esta historia lo siguiente: la dependencia a una sustancia lícita (alcohol) en la edad adulta comenzada cuando era ilícita para la paciente (15 años). Vemos la tolerancia (cada vez toma más), los síntomas ante la abstinencia y como el consumo aumenta en frecuencia y cantidad, como emplea tiempo en buscar la sustancia, los intentos sin éxito de dejarla y como cada vez es menos importante para la paciente todo lo que no está relacionado con el consumo.

¿Porqué preocuparse por los adolescentes?

El riesgo y la historia natural del abuso de sustancias en los jóvenes y los problemas relacionados con éstas se ven mejor desde una perspectiva en la que se tome en cuenta el desarrollo de la adicción, ya que varios estudios realizados con adolescentes han establecido etapas en el mismo.
La mayor parte de los jóvenes tienen sus primeras experiencias con sustancias adictivas a través de las bebidas alcohólicas y los cigarrillos, consideradas “drogas de entrada”, ya que al estar legalizado su uso por los adultos están disponibles con más facilidad.
Algunos adolescentes progresan al uso de marihuana y otras drogas ilícitas. Existen factores que aumentan el riesgo de uso de sustancias en las diferentes etapas. Por ejemplo, en las experiencias iniciales tiene mucho peso el grupo de compañeros ya que el adolescente suele probar la sustancia en un contexto social.
Si el uso de la droga se transforma en algo “habitual” que ya se considera una experiencia a la que se puede recurrir para divertirse, relajarse, pasarla bien o refugiarse, empiezan entonces a tener más peso ciertos factores individuales que ponen al adolescente en un mayor riesgo a instalarse en el abuso de la droga. Las situaciones de dificultades familiares, económicas o vinculares entre los padres o entre padres e hijos son desencadenantes del consumo.
Sobre todo si en la familia no hay una tendencia a enfrentar los problemas entre todos y buscar soluciones a través del diálogo y si se utiliza un modelo de resolución de los conflictos en el que se busca escapar de ellos. Este modelo es propiciatorio del consumo de drogas ya que la droga aparenta ser la mejor solución para no “estar”.
Otra característica individual de importancia que se ha observado es que los jóvenes que abusan de sustancias suelen no poder controlar sus emociones y se desestabilizan fácilmente ante cada dificultad por mínima que ésta sea. El bajo rendimiento en los estudios puede ser un precipitante para recurrir al uso de drogas ya que el sentirse inadecuado ante los compañeros, así como el enojo de los padres pueden llevar a buscar refugio en el consumo. Las depresiones en el adolescente, si no son atendidas, pueden encaminarlo al consumo en busca de efectos euforizantes (marihuana, cocaína, pegamentos, opiodes) o de desconexión (alcohol, opiodes) a través de la droga.
Otro factor que aumenta el riesgo es que éste tenga conductas arriesgadas e impulsivas en que actúe sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La agresividad excesiva en el joven también es un factor de riesgo ya que ésta lo aísla de los medios sociales más convencionales. El rechazo que provoca en los otros es vivido como desamparo y soledad reforzando el que recurra a la ayuda de la droga y de grupos marginales.
Ciertas características familiares constituyen también un factor de riesgo: la falta de apego y cercanía entre padres e hijos, la falta de presencia de los padres en las situaciones que afectan al adolescente y la falta de límites. Por otro lado la tolerancia al consumo de sustancias por parte de la familia o el consumo de éstas por los mayores (alcohol en exceso, cigarrillos, marihuana) determinan un camino facilitado.
En lo que se refiere a los adolescentes y su grupo de pertenencia aumenta el riesgo de consumo de drogas el hecho que los otros miembros del grupo consuman, las actitudes de grupo (que sea transgresivo, marginal o sin pertenencia) o una confianza mayor del adolescente en su grupo de pertenencia que en sus padres.
Veamos las características señaladas en un nuevo caso:
José tiene 16 años y fue admitido en una clínica por amenazar suicidarse después con el antecedente de haber estado a los 14 años en tratamiento en una institución antes por abuso de sustancia. El tratamiento previo comenzó después de un intento de suicidio descubriéndose en ese momento su dependencia. Sin embargo, lo abandonó a los 6 meses y la familia consideró que estaba “bien” y no lo presionó para que continuara en tratamiento. Había comenzado a los 12 años con alcohol y cigarrillos pasando en menos de 6 meses al consumo de marihuana. Tenía una historia de bajo rendimiento escolar y de dificultades disciplinarias en el colegio. Se hacía la rabona pero los padres muy ocupados con sus respectivos trabajos lo apañaban ante el colegio. Sus “escapadas” le servían para consumir ocasionalmente cocaína. En el primer tratamiento los padres se rehusaron a participar en el tratamiento de familia dando como excusa que los otros dos hermanos, uno 1 año más grande y el otro 2 años menor, no debían verse envueltos en las dificultades de José. Durante ese primer tratamiento José negaba tener dependencia de la sustancia, creía controlar el consumo y desafiaba a su terapeuta y a sus compañeros de grupo terapéutico. Sólo hacia los 5 meses de tratamiento aceptó la idea que era adicto, pero inmediatamente planteó que si había reconocido tener el problema ya no iba a recaer e iba a “poder solo”. En la segunda internación a pesar que descontinuó el consumo, los síntomas depresivos no desaparecieron, además tenía un alto nivel de irritabilidad y agresividad hacia el equipo tratante y otros pacientes internados, por lo cual se le indicó un antidepresivo. La medicación mejoró su estado de ánimo y su tolerancia a otros enfermos y su familia. La familia comenzó terapia donde se hicieron claras las dificultades de los padres para acercarse a José, el consumo de alcohol del padre y un grave conflicto en la pareja. Se trató de mejorar la dinámica familiar y ante todo lograr que los padres en su afán de ver “curado” o “normal” a José no lo “autorizaran” a retomar su vida anterior para no verse ellos implicados en sus dificultades. Sin embargo, cuando no estaba más internado los padres comenzaron a faltar a las entrevistas familiares dando como excusa el exceso de trabajo y a los pocos meses el padre tomó un trabajo en otra ciudad desatando esto un conflicto de pareja importante. José abandonó la medicación y el tratamiento, retomó el consumo de marihuana y cocaína y su relación con sus amigos adictos.
Mucho se ha escrito sobre las familias de los drogadependientes: la ausencia del padre (por divorcio, muerte, cárcel o abandono); sobreprotección o control excesivo de parte de uno de los padres (habitualmente la madre) cuya conducta gira alrededor del hijo, un adolescente desafiante y consumidor que parece sólo vinculado con su grupo pero que sigue dependiendo de los padres hasta edad adulta. Ningún patrón familiar es definitivo pero los descritos son habituales. Las familias suelen negar el conflicto y tienden a tomar una actitud pasiva declarándose impotentes ante el problema. Indudablemente los problemas sociales y legales conectados con la droga y el temor a las críticas por la dificultad de un miembro de la familia es algo difícil de tolerar: genera enojo, impotencia, rechazo y sentimientos de fracaso.
Otra dificultad está en aceptar que este cuadro es una enfermedad, los padres siguen planteando la fantasía de que el drogadependiente puede dejar de consumir, que es una cuestión de voluntad o que lo hace sólo para desafiarlos. También suelen creer que no tienen control sobre aquellos actos que de su parte habilitan al paciente para el consumo: una malentendida obligación de proteger y apoyar al miembro de la familia o temor a romper los engranajes que sostuvieron a la familia unida llevan a no plantear cambios.
En nuestro país en la década del 80 el consumo de drogas ilícitas como la marihuana y cocaína, era mayor en las clases alta y media, siendo el consumo de pegamentos inhalados más común en niños de clases bajas. Sin embargo durante los últimos quince años se ha visto un marcado aumento del consumo de drogas ilícitas en las clases medias y bajas, especialmente en el cordón suburbano de las grandes ciudades del país (Buenos Aires, Rosario, Córdoba). Se ha atribuido esto a cambios bruscos en el ámbito social, así como en la estructura de la familia debido, al desempleo y a la falta de perspectivas económicas, circunstancias que facilitaron a los traficantes la colocación de su producto no sólo porque recompensan su venta sino porque el desánimo y la frustración llevan a recurrir a soluciones escapistas e instantáneas.
Respecto a esta situación no debemos sentir que el proceso que vivimos ahora respecto a la droga es muy diferente al que se da en países altamente industrializados ya que Jerome R. Jaffe escribe al respecto de la situación en Estados Unidos lo siguiente: íLos factores sociales y culturales influencian profundamente la disponibilidad de las drogas ilícitas, que a su vez llevan a que ciertos grupos de una sociedad se transformen en consumidores. Actualmente, los opiodes ilícitos y la cocaína están más a mano en las grandes áreas urbanas que en otras partes del país. Esta disponibilidad no sólo influencia el inicio y el uso continuado, sino que también afecta los niveles de recaídas entre aquellos que buscan tratamiento pero tienen que continuar viviendo en zonas donde hay una alta disponibilidad de las drogas. Cuando un número significativo de consumidores se concentran en un área, se desarrolla una subcultura que mantiene la experimentación y el uso continuado. Muchas áreas en las que están disponibles las drogas ilícitas se caracterizan por tener también un alto nivel de criminalidad y de desempleo y un sistema escolar desmoralizado “todo esto contribuye a que sea menor el sentimiento de esperanza y autoestima que permite resistir el consumo y a que la dependencia tenga un peor pronóstico una vez que se desarrolla.” Mientras más joven se comience el consumo de sustancias mayor es el riesgo de que éste se transforme en adicción y de que se pase rápidamente al uso de otras sustancias. El desarrollo neurológico de los adolescentes ocurre en zonas del cerebro que se asocian con la impulsividad y la búsqueda de lo novedoso que son importantes para la adaptación a roles adultos pero también los hacen más vulnerables a las acciones adictivas de las drogas. Las estadísticas demuestran que la mayor parte de los jóvenes comienzan con el alcohol y el tabaco a una muy temprana edad. Por ejemplo veamos las cifras obtenidas en un estudio realizado anualmente por nuestro Instituto Superior de Ciencias de la Salud en adolescentes pre-universitarios desde 1999 al 2003. (Total: mas de 15.000 personas entrevistadas). El 73% de los entrevistados tenía menos de 20 años. De todos los entrevistados el 75% consumía alcohol y el 33% fumaba. El 81.34% había comenzado entre los 12 y los 16 años. Un 8,98% de la población total admitió que usaba drogas ilícitas. En éste grupo el 52% lo hacía con una sola droga (96% de éstos con marihuana) y el 48% restante con dos o más sustancias como cocaína, LSD o fármacos.

¿Qué pueden hacer los que rodean a alguien que puede estar consumiendo?

Lo primero que hay que pensar por lo que hemos planteado hasta este momento es que no hay un síntoma único para todas las adicciones porque no se consume solo un tipo de sustancia psicoactiva. Además puede parecer que un joven consume y sólo tratarse de una transición adolescente complicada en la que el mismo se muestra rebelde, irritable y encerrado en sí mismo y está muy vinculado con un grupo de pares, sin consumir drogas ni tener inclinación alguna a hacerlo. También pueden pasar por períodos de retracción y encierro en sí mismos. Ninguno de los factores de riesgo descritos es determinante de que se consuma, sólo marcan un aumento de las probabilidades de que esto suceda. Si a los factores de riesgo se agregan cambios importantes en las conductas que se mantenían hasta entonces, irritabilidad excesiva, actividades realizadas a escondidas, deshonestidad, falta de interés en los proyectos, pupilas muy dilatadas o muy puntiformes, temblores finos en las manos, euforia excesiva sin causa, o caídas en pozos depresivos, los padres o los amigos deben de tratar de acercarse a él para intentar saber qué le pasa. La aparición de una sola de estas características no diagnostica consumo de sustancias pero sí denuncia una necesidad de ayuda. Con la intención de describir algunos de los síntomas específicos habituales diremos que el consumo de sustancias estimulantes (anfetaminas, cocaína) suelen caracterizarse por presentar varios síntomas durante o poco después del consumo de ésta, tales como hipervigilancia, excesiva sensibilidad a las críticas, ansiedad, tensión, enojos, poca capacidad de juicio y algunos de los siguiente síntomas físicos: taquicardia, pupila dilatada, sudoración, pérdida de peso, dolores de pecho, arritmias y, a veces, convulsiones. Cuando suspenden el consumo suelen tener un humor muy cambiante, fatiga, sueños vívidos o pesadillas, insomnio o demasiado sueño y aumento del apetito. El uso de marihuana característicamente produce ojos rojos, aumento del apetito, boca seca y taquicardia. El consumo de opiodes sin embargo produce apatía, humor cambiante, retardo (reacción, habla y movimientos lentos), disminución del juicio, pupila muy pequeña, sueño, dificultades de atención y memoria. Esta somera descripción de algunos síntomas se ha esbozado para que se comprenda lo variado, florido y complicado que resulta el diagnóstico para alguien no especializado pues todos los síntomas y signos descritos están presentes en otros cuadros clínicos y ninguno de ellos en especial es privativo del consumo y abuso de ninguna sustancia si no es analizado en un contexto clínico adecuado. Ante la duda de si existe o no consumo, las modalidades que confrontan o que resultan agresivas suelen rendir pocos frutos y sólo un cuidadoso y respetuoso acercamiento a la persona y a sus problemas suelen resultar positivos. Debe de entenderse que aún si el problema no es el consumo o la dependencia, la aparición de varios de estos síntomas indica un pedido de ayuda que en muchos casos exige la presencia de un profesional de la salud mental. Si la persona no quiere reconocer la dependencia a la sustancia, siempre es bueno marcar como las circunstancias presentes requieren cuidado y hacen perentoria su atención. Si hay confirmación del consumo por haberse hallado material para el consumo (droga o jeringas) no se debe de ninguna manera dejar de consultar porque el problema no se va a resolver sin ayuda de profesionales especializados en el tema. Así facilita que los adolescentes, padres y familiares puedan realizar una tarea de prevención del consumo el que sean conscientes de los signos y síntomas provocados por el uso y abuso de drogas y las situaciones que aumentan los riesgos de que se recurra a su uso. El mantener un diálogo franco con los adolescentes sobre los momentos de riesgo, las consecuencias del uso y el apoyo que recibirían en caso de presentar un problema de cualquier índole o por el uso de drogas es un medio preventivo. Deben de tratar de entender tanto los padres como los adolescentes que una conducta responsable y bien informada es lo que más beneficia ante la posibilidad de decidir si se usará o no una droga, así como que el tener dificultades para resolver conflictos y problemas relacionados o no con drogas es algo que puede ser corregido con la ayuda de otros (profesionales de la salud mental de instituciones estatales y privadas, grupos de autoayuda, instituciones religiosas) que tengan entrenamiento e interés. Si los padres comprenden también su importancia como modelos y el peso que sus opiniones y conductas tienen sobre la vida de sus hijos pueden tener presente que sus actos pueden influenciarlos positivamente. Finalmente, es necesario insistir en la importancia del vínculo dentro de la familia basado en el respeto mutuo y la sinceridad, la comprensión y tolerancia a las diferencias en las opiniones, el apoyo tanto en los logros como en las dificultades, la confianza entre los miembros que la componen y el afecto y amor diario son las mejores medidas preventivas para evitar el uso y abuso de drogas.

María Teresa Greig Betancourt es médica egresada de la Universidad de Buenos Aires en 1977. Primero se especializó en Medicina Interna en el Hospital de Clínicas “José de San Martín”. Trabajó en servicios de Diálisis para pacientes con insuficiencia renal crónica y terapia intensiva. En 1983 comenzó en el Hospital de Clínicas con su formación en Psicopatología. Se dedicó a partir de 1985 de lleno a la Salud Mental. Es Especialista en Psiquiatría, título otorgado por la Universidad de Buenos Aires y la Asociación de Psiquiatras Argentinos y Miembro Titular en Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Ha presentado múltiples trabajos científicos y ha intervenido como relatora en Congresos Científicos Nacionales e Internacionales. Ha colaborado con trabajos y en tareas editoriales en publicaciones científicas como la Revista de Psicoanálisis. Actualmente es Secretaria de Edición del Libro Anual de Psicoanálisis, publicación en español del Internacional Journal of Psychoanalysis. Actualmente vive en los Estados Unidos.

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